miércoles, 15 de diciembre de 2010

Historias de un particular. Leyendas antes de comer.

En una de las curvas que me llevan hacía Breda, el pueblo del que os hablaba, queda a la vista sobre una colina el Castillo de Montsoríu, también poseedor de leyendas e historias como la de la Dama de rojo que huye las noches de San Juan con el caballero negro a lomos de un corcel de fuego, y la de Doña Guilleuma, pecadora abandonada en sus ruinas desde las que con sus gritos era capaz de destrozar cosechas y a la que urgido por los campesinos exorcizó el obispo, obligándola a saltar desde desde el castillo hasta el Gorg negre, - especie de cascada sin fondo - de la riera donde yo había descansado esta mañana después de mi amable encuentro.


No puedo evitar preguntarme por la relación que pueda haber entre mi mujer de agua, el fuego y la pobre loca que acabo en las profundidades negras de la riera. Recuerdo que guardo en casa, en mi incoherente y extraña librería, algunos manuscritos que hablan sobre los vizcondes de Cabrera que tuvieron su residencia en esa Atalaya y fueron ademas fundadores del Monasterio de Breda hacia donde me dirigía.
Con la idea de consultarlo cundo regresara, parecía olvidarme ya de mi aventura de la mañana, presente aún en alguna mancha de barro que no conseguía borrar. Me encontré sin esperarlo conduciendo por las estrechas calles del pueblo, había girado a la derecha desde la carretera donde se acumulan cacharros artesanales de la cerámica tradicional de Breda, sobretodo cacerolas, cocotes, vasos y multitud de objetos relacionados con la cocina  y ni siquiera me di cuenta.
Aparque a la izquierda del Monasterio, al bajar no pude evitar mirar hacía arriba, hacía la impresionante torre románica de cinco pisos y 32m de altura, el resto del edificio se encuentra encerrado entre callejuelas estrechas, la torre es casi el único vestigio que resta de la planta original.

Cogí el macuto que me acompaña en estas excursiones y me fui en busca de algún menú que no defraudara en exceso el ruido de mi estomago, es fácil, en estos pueblos se suele comer bien hasta si eliges el menú. No muy lejos de la Iglesia encontré un bar pequeño pero acogedor, al fondo la mastresa se afanaba con una gran cacerola sobre un pequeño fogón, cogí un periódico que había libre y me senté de espaldas a la tele, mirando la calle, que siempre me ha entretenido mas.
Por los doce euros que valía me dejaron comer dos primeros, una sopa casera que a pesar del buen tiempo apetecía y un exquisito platillo de cordero, la cerveza y el sempiterno flan. Mi estomago reposaba agradecido mientras yo saboreaba el café.
Detrás de humo del cigarro veía pasar deprisa poca gente, era día laborable para casi todos, pasaron entonces dos niños corriendo detrás de una pareja y entonces entró en el bar, el vestido de gasa muy suelto de tonos naranjas, la espalda de nuevo mientras le pedía al camarero cambio para tabaco y de nuevo esa sonrisa fácil y envolvente al pasar delante de mi para salir.. de nuevo.
Me quede un momento con la mente en ningún sitio para salir después rápido a la calle, tras dejar mis doce euros en la mesa, no había nadie, nadie que yo quisiera encontrar. Me dirigí por la calle de enfrente hacía la parte de atrás del monasterio con sus callejones, allí ya no había nadie de ningún tipo, mucho silencio que se rompió con las voces de un chaval gritándome desde la entrada y balanceando un macuto, pensé quien querría robarme a estas horas en este lugar tranquilo, malpensado. El chaval llego corriendo hasta mi, era el hijo de la mastresa del bar, tan solo venía con la intención de devolverme el macuto que me había dejado colgado en la silla con mis prisas, malas compañeras, no me dio tiempo de darle las gracias y ya desaparecía por el otro extremo.

 
Oí unas risas de niños al fondo, mi corazón se aceleró sin tener una noción clara del porque y mis pies lo secundaron de improvisto poniéndose rápidamente en movimiento...

Si te apetece leerlo desde el principio.
Historias de un particular    II    III   Las mujeres de agua

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