sábado, 11 de diciembre de 2010

Historias de un particular. - Las mujeres de agua -.

Azorado todavía por la visión de su sonrisa conseguí llegar a la ultima cascada, quizá la mas oscura, no había nadie allí, aunque eso era lo normal. Me senté a descansar y contemplar ese salto oscuro pero hipnotizante, me vino a la memoria entonces una leyenda que corre por allí.


Cuentan que el heredero de una masía cercana acostumbraba a pasear por el lugar, una tarde al llegar a este punto, pudo ver claramente a una mujer sumergirse en el agua y desaparecer: quedo fascinado por esa presencia y repitió camino todas las tardes con la esperanza de volver a verla cosa que ocurrió varias veces, poco a poco cogía confianza, se acercaba mas. Por fin un día entablo una tímida conversación con la extraña aparición y así cada día un poco más. Supo de su condición de mujer de agua, de que no podría alejarse de allí a no ser que enamorada el se lo pidiera, pero que si esto llegaba a pasar, él nunca debería recordarle su condición.
El se lo pidió, claro, y ella acepto. Vivieron juntos unos años en la Masía, felices casi, hasta que un día acabándose el verano él había marchado a la ciudad, por la tarde presintiendo el agua, ella mando recoger una cosecha todavía temprana. Cuando regreso y vio como había tomado el mando enfureció y le recordó quien era...aquella noche desapareció y nunca volvió a verla, en la lejanía de la riera podía oírla cantar, pero en cuanto se acercaba, el silencio volvía a sonar.
Poco después de desaparecer, una gran tormenta barrio las cosechas de los campos cercanos, todas menos la suya que ella había pedido recoger.
Mas tranquilo en apariencia emprendí el camino de bajada, pero decidí hacerlo por el bosque paralelo a la riera que dejaba mas allá mis últimos encuentros, iba deprisa, poseído por una extraña sensación de felicidad pasajera.


Quizá demasiado de prisa, la pendiente en ese lado y las hojas caídas de anteriores otoños me hicieron resbalar un par de veces, si paraba oía sus risas al fondo, o estaban ya en mi cabeza sin poder ni querer evitarlo, una ardilla parecía seguirme entre las ramas, acelere de nuevo y llegue abajo enseguida, pero no pude evitar caer de bruces sobre un gran charco, al levantar la cabeza para quitarme el barro de los ojos, Un gran Castaño me observaba, sus hojas habían caído prematuras como por el efecto de una gran susto.


Llegue por fin al coche, eran cerca de las dos, todavía estaba a tiempo de una buena comida en el pueblo mas cercano. Luego un paseo por sus tiendas donde la cerámica era la reína. Ummmh¡, buena comida y tradición, creo que le vendrá bien a mi espíritu....y a mi estómago.

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